Que sean muchos años

Hace un rato he llamado a mis abuelos. La primera en ponerse ha sido mi abuela, su voz era la de siempre, o al menos la que yo siempre he conocido, cuerdas vocales de anciana. Me ha contado que está mejor de sus cosas, que estaba cenando y que me tiene las pagas semanales guardadas para cuando vaya a Zafra (con ellas pagaré 3 libros que tengo encargados, Lugares comunes de Camilo de Ory yLa caja vacía y 42 de José Manuel Díez, paisano al que aún no he leído). Me ha preguntado por los estudios y por lo que cocino, nunca tendré su maestría preparando guisantes. Después ha cogido el teléfono mi abuelo, dice que tiene ganas de morirse, que no soporta el dolor de pies insomne que lo martiriza. Yo le he propuesto que se los corte, que a su edad ya ha andado demasiado, que tiene ya suficientes cicatrices como para seguir sufriendo. Él se ha reído como se ríen los niños cuando desapareces tras tus manos, recuerdo de uñas cortadas. Tras colgar me he dado cuenta de que todos le tenemos miedo a la muerte, todos menos los niños porque no saben lo que es, todos menos los ancianos por que saben lo que es la vida. Hasta su entierro seguiré llamando a mi abuelo, a ver si un día me dice que tiene ganas de vivir.