El Salvador

Todos habían muerto por culpa de la sequía. Nada quedaba, ningún ser vivo excepto él. Ni una gota de agua había en la Tierra más que la de su cuerpo. Pero él corrió levantando polvo, buscando la vida como un perro se precipita al agujero por un hueso. Era tan fuerte el calor que nada permaneció de él. Una nube sobre sus huellas. Existía, por tanto, aún algo de esperanza.