Al escote que siempre miro

Amar a las mujeres inteligentes es un placer de pederastas. Pero la bestialidad rechaza la pederastia-dijo Baudelaire desde su corazón al desnudo. Yo sin embargo, y que mi novia no cele pues siempre hay excepciones, perdón, excepción, prefiero una mujer madura, crecida en años y palabrerías. ¿Por qué? Habrá quien diga: ¡Para heredar! ¡Para que no te deje, pues morirá antes! Todo mentira, nadie muere por edad, sino por salud. La mujer madura me gusta por su cuerpo, por sus formas de escote que ninguna jovencita podría llevar, por su extensión en vida, tan provocadora. Besar a una mujer madura es pecar si tus manos no caen cadera abajo, palpando sin sobrecogiemiento un vaquero ajustado, terso. ¡Qué mujer la madura! Cuando veo andar a una por el metro o la calle, mis ojos púberes se centran en el centro, en la unión perversa de sus piernas, ¿qué ropa interior, si se me dejase, podría yo hoy desmantelar? Un guiño de una madura es mi perdición, son sus pestañas izadas el símbolo de mi deseo, la cuerda floja sobre la cama.