En el colegio

Mi colegio estaba dominado por monjas que nos impusieron la ley del uniforme. Los chicos vestíamos pantalón gris, jersey azul marino con cuello de pico y polo blanco, eramos la misma imagen del mar, aunque menos libres. Las chicas corrían por el patio, y en esas carreras yo bendecía los uniformes, como quien alaba a un dictador fascinado por sus ademanes. Hace unos días recordé aquellos pichis grisáceos y a cuadros. Una chica llevaba uno rojo y liso, sin embargo, tuvo el mismo efecto sobre mí. Y es que aquel vestido sin mangas suponía la posibilidad de algo. Debajo una camisa blanca terminaba de construir un cuerpo, adornado con un par de zapatitos rojos que me recordaban a los de Dorothy caminando por un suelo amarillo como este que hoy pisamos, un cuerpo que me era invisible, pero que yo imaginaba sin malicia, como observaba en el colegio las piernas tristes de mis compañeras.