Periodista de sucesos







Requerían verse desde que se conocieron. Sus abrazos llegaban a durar días, como si la única sustancia que uniera sus cuerpos con la vida fuese el cuerpo de su amante. En el pueblo no se hablaba de amor sino de enfermedad, pues nadie creía que el ser humano pudiera vivir sin un aislamiento parcial, como el producido en la intimidad de un baño. Tras su muerte, el forense que los ajustició, sentenció que nada tenía que ver el corazón con aquéllo, sí sus huesos imantados.