Carracucamonasticoño

Había llegado al aeropuerto. Sólo un tal Carracuca, al que mi abuela nombraba cuando después de meses fuera de casa regresaba y la besaba, como se besa el Muro de las Lamentaciones, podría comprender mi angustia ante tanta ciudad. Tomé el metro, corriendo, porque así lo veía hacer al resto de animales con andar erguido, a los que en algo me asemejaba. Lo peor de llegar a un paisaje en el que no conoces a nadie no es la soledad en sí misma, pues el hombre de social no tiene nada cuando actúa como hombre, sino el malestar de comer a solas, la comida y tú, el vino y tú, la factura y tú. Así que pregunté a un señor que desprendía un hedor de poros dilatados, pues él debía de saberlo, dónde encontrar un restaurante al que los solitarios, cuerpos con un solo corazón, acudían para saciar el único apetito que saciar podían. Los signos en las manos dejan de ser signos para ser caminos. Al entrar busqué una mesa tal como se olfatean cucamonas bajo ella, una mesa que me permitiera observar al resto de comensales para sentir compartida mi desgracia. Pero mis pies, controlados por una contradicción monástica que crecía en mí, se encaminaron a la primera mesa, y mis glúteos, sin nervio alguno, le propinaron un golpe a una silla. Enfrente un hombre solo. Enfrente un hombre acompañado. Coño.


FJNL