11.17.2008

El gato con botas

Mi padre murió hace un mes. El empresario que era mi padre también murió. Hay quien dice que el amor entre un padre y un hijo viene en la genética, o diluido entre plaquetas y glóbulos. Sin embargo, yo que he sido hijo, y que tengo hermanos que a su vez fueron hijos, pues nuestro padre murió hace un mes, rectifico por todos, y digo que el amor entre parientes es cosa del tiempo y no de la sangre (disculpe el lector la incoherencia). Nuestro progenitor nos quería; al mayor le dejó su franquicia de restaurantes, al mediano la empresa de transportes que unía la Siberia con las Hurdes, y a mí una pequeña tienda de zapatos. La tienda, perdón, la tiendecina, pues era diminuta, lo que me impedía tener a la venta zapatos cuyo número excediera del cuarenta y dos, me daba dinero para vivir, mientras los hijos de mi padre muerto malvivían, si se entiende malvivir como el verbo del exceso y el gozo, sin apuros. Pero entró una mujer a comprarse unas botas. No estaba gorda, aunque sus bordes contenían su materia con esfuerzo. Me comentó que no se depilaba, que era una vergüenza hacerlo cuando había gente imberbe por el mundo que no podía disfrutar ni de un triste bigote. Sus piernas eran suaves como el lomo de un gato, y fue el contacto con su vello, unido a mi pasión por Charles Perrault, lo que desencadenó la muerte. Ella sedujo al mayor, y mientras relinchaba la cama, más por peso que por placer, y después del matrimonio, le mintió:

- Me he acostado con tu hermano, el de los autobuses.

La quise desde que entró por la puerta. Ella se dejó amar después de los asesinatos. Mi padre murió hace un mes y hoy soy el único heredero.

2 comentarios:

quemanía dijo...

No me gusta leer esto tan triste.....

Venga y escribe cosas bonitas....

Anónimo dijo...

Anda,Paco, sorprndem un poquito y actualiza...
unpoema si no es mucho pedir

besitos;)