El adivino


La puerta estaba abierta y ninguna recepcionista le paró los pies. Se tumbó en el sofá imitando lo que él sabía, aunque ésta era su primera vez en el psicólogo. La habitación tenía frío. La habitación tenía el frío de toda la ciudad. Sus paredes eran delgadas como la epidermis de las mujeres que de tan mayores ya no pueden ni lavarse solas. Eran delgadas incluso de frente, y tenían láminas colgadas porque el peso de los cuadros podría partirlas. Había caminado hasta aquel polígono industrial para no encontrarse en la sala de espera con algún conocido que le preguntase. Tardó. En realidad sólo habían pasado treinta segundos desde que llegó, pero cuando uno tiene las palabras en la boca el tiempo es una larga cola para entrar al baño. Y más en su caso, que había pillado a su mujer con su mejor amigo, en su cama y con el que debía haber sido su gesto de placer. El psicólogo no le dejó hablar,

Ella tenía un pañuelo rojo recogiendo su pelo. Las sábanas verdes en el suelo dejaban claro que no era un simple revolcón, que la pasión les hacía sudar, que guiaba sus manos haciendo círculos por el que, cuando llevaba ropa, era su escote o el acantilado que todos los suicidas buscan. Sus piernas temblaban y su boca no encontraba el beso ni la frase: - Te quiero aunque seas un estúpido y pienses que te engaño.

Era exactamente lo que él había visto hacía unas horas. Pero aquella última frase no tenía sentido, era él el engañado. ¿Y cómo lo sabía aquel hombre? Lo miró buscando un parche en un ojo, un pañuelo en la cabeza, una bola de cristal y unas cartas. No encontró nada.

-¿Es adivino?

- No, por supuesto que no. Lo máximo que intuyo es que no volverá por aquí.

- Entonces, ¿quién se lo contó?

- Usted esta misma tarde me lo contó, que había traicionado a su mejor amigo.

- ¿A mi mejor amigo?

- Sí, usted es su mejor amigo.


FJNL