Comunidad de vecinos

Él amaba sus cuarenta años, no su cuerpo impoluto de tiempo. Él tartamudeaba al hablar con tal fuerza que se esperaba la caída de un árbol, como si un pájaro carpintero se empeñara en hablar. Él trabajaba en Correos y tenía el pelo graso y leía las cartas de chicos atractivos a sus novias atractivas, de melenas atractivas. Ella sabía que le encantaban sus cuarenta años, no su ombligo revivido. Ella se desnudaba con la luz contraída para que sus pechos se intuyeran al otro lado de la ventana pero sin mostrar la urgencia que tenían de una mano imberbe. Ella cocinaba guisantes de lata con jamón envasado al vacío y canturreaba lo que oyó y lloraba al imaginar una cebolla. Ellos vivían como calcetines sucios debajo de la cama. Ellos requerían lo que no les pertenecía, uno la experiencia, una la pasión. Ellos se tocaron hasta atravesar los poros y perdieron el frío de los pies y la sangre de la lengua. Yo veía sus cuarenta años usurpados. Yo sabía lo desconocido por los dos. Yo jugaba y apostaba y bebía. ¿Y tú dónde estabas? Tú me espiabas desde arriba, con la ventana abierta para combatir el calor y la curiosidad. Tú querías amar mis sesenta años y tirar mis zapatillas de estar por casa y que te exigiera tu ropa interior. Nosotros nos saludábamos en el ascensor. Nosotros llamábamos a la Presidenta carroñera en las reuniones de las nueve de la noche de los martes primeros de los meses de siempre. Nosotros no nos escribíamos cartas, cambiábamos nuestros nombres del buzón por los de parejas ya probadas: Juan Ramón y Zenobia, Antonio y Leonor, Gala y Dalí y Lorca. Vosotros pulsáis el botón de un portero automático. Vosotros tocáis el timbre de una puerta hasta que se abre. Vosotros estáis en la mirilla de todos los vecinos y del resto de lectores y del escritor que escribe esto.
FJNL