La sed de la arena, David Bobis



La gota constante en la frente, no tener párpados que protejan el sueño o ser enterrado vivo en un ataúd. Horrible. Verter agua en el desierto y que el Sol se la lleve sin que la arena haya saciado su sed. Terrible. Peor aún si te obligan a callar y a esconder el grito. Así, David Benedicte, prologuista de La sed de la arena, publicado en Amargord, alaba desde el comienzo la lucha de este poemario por recordar que hay voces deshilachadas por las que resulta imposible trepar. Pero David, esta vez de apellido Bobis y autor de los poemas del libro, no se conforma con la simplicidad sin sentimiento de tantos que hoy hacen poesía de la mal llamada “protesta”, “combativa” o “social”.

Bobis habla del mundo árabe, pero el lector no parará de reconocerse en los poemas, de llorar con los poemas, de asentir con los poemas, incluso de reír con ironía y con los poemas. Gran mérito éste del autor, pues conseguir en pocos versos, algunos estructurados en haikus,  otros para formar poemas breves, una emoción tan intensa, no es sólo cuestión de trabajo, sino de don “En esta mano: / una hoja. / En la otra: se seca”.

Y lo más importante para diferenciarlo de los que con decir cuatro “realidades sociales” se creen tíos y tías comprometidos, sin darse cuenta de que al pronunciarlas ellos se vuelven cuatro mamonadas, y buenos poetas por dividirlas en verso, es que David Bobis hace poesía. Leer cada poema como una gran pregunta es inevitable, sin embargo, que el poema encuentre la respuesta en ti es lo que marca la calidad de lo que se lee. Respuestas, cercanía y también buen hacer “Bebió / en el silencio de su sangre / gota / a / gota , / la muerte: vino”.

La sed de la arena es un libro para tener en la mesilla, para beber de él y no dormir.


*
No te eres,
te son,

Palestina,

tesón.



*
Dos niños juegan:

para no ser
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     Escarbo mi tumba
                                      con
las
              manos:

mi boca besa lo que muere,
y lo acepta:

continúo cavando.