6.28.2014

Smog

La primera vez que supe de la palabra smog fue en un poema de Ben Clark, en un libro, Los hijos de los hijos de la ira, donde uno sentía un desasosiego tremendo, algo generacional, un algo que se intensificó con la Crisis que más tarde vendría. Ella me dijo que me viniera a Chile. Aquí en Santiago la gente utiliza mucho la palabra smog, la sufre. La contaminación hace que se respire mal, no me refiero a que el movimiento de los pulmones resulte costoso, la sensación va más allá de lo físico, se siente en esa parte que separa los músculos de la piel, lo que algunos estudiosos llaman sentimiento. Yo, como uno más, percibo el smog, lo que ocurre es que no de la misma forma que los chilenos.  El momento en el que más me duele esa neblina, un dolor comparable al que siente el mudo cuando le comentan la belleza de sus labios, es siempre dentro de algún edificio, al contrario que le sucede a los nativos. Respiro mal si oigo que alguien pregunta por el colegio al que otro fue, o si un viejo cura presume de su apellido, o si una cuica sonríe falsamente, lo que podría provocar que uno de sus dientes se escapara. Me comentan que si la contaminación es mucha existe un protocolo de alertas, y se actúa para reducirla. No sé si éste se aplica para los humos de ciertos hombres y mujeres.

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