3.29.2016

Llanto del exiliado

VI

Con un tambor y un poco
de hierba negra,
pienso
que cualquier lugar es bueno para morir.
Pero hoy, qué tristeza,
que ganas de morder las piedras, porque hoy,
precisamente hoy,
mi pequeña madre ha muerto en su casa de Santiago,
a diez mil kilómetros de aquí,
a un millón de mis manos que envejecen cada tarde.
Y me pregunto qué hago en medio de esta destrucción,
en esta autopista en la que estoy
colgado,
sin saber qué hacer,
caminando entre árboles de terrible verdor.

Otros hijos
viste
destrozados
o caídos en la noria,
triturados o carcomidos o sedientos de púrpura,
como vasos reventados en la frente
de un dios.
                            Pero guardabas
tus lágrimas en el fondo del antiguo
baúl, y todo se fue volviendo grava, manto miserable,
en tanto el ausente,
el hijo viejo,
evocando esqueletos queridos,
te enviaba botellas de ácido cruel,
un poco de sal arrancada a la boca de los perros,
o hablaba como un caballo
que hubiera perdido
la razón
entre vejámenes y la lenta lluvia.

Mahfud Massís