4.01.2016

El libro es un objeto

Antes de sentir interés por la literatura, tuve atracción por los libros. Mi madre era socia de Círculo de Lectores, y cada dos meses estaba obligada a comprar un libro de la revista que con idéntica periodicidad llegaba a casa. Yo ojeaba las páginas satinadas mientras, sin darme cuenta, olía la tinta de las novedades. Tras esto y con los ojos redondos y grandes, solicitaba el libro de tapa dura cuya cubierta no era otra cosa que los personajes de la última película que había visto en el cine, como Toy Story o Babe, el cerdito valiente. Nunca leí esos libros que deben estar en casa de mis padres o mi hermana, pero tampoco están nuevos, los movía de un sitio a otro, los miraba, los abría y cerraba, y ubicaba con esmero en la estantería. Desde entonces, mi relación con los libros no ha parado, claro, y según fue creciendo, a la vez que mi madre no dejaba de ser socia de Círculo de Lectores, los gustos cambiaron y cada dos meses llegaba a casa alguna obra completa o antología de Galaxia Gutenberg, era un chico afortunado. Después, tras terminar las carreras, incluso trabajé en Círculo, aunque no como siempre quise, sino de comercial, puerta a puerta, intentando conseguir socios con las tretas que nos enseñaban. Era patético. Mis compañeros no tenían ni puta idea de libros y su aspecto, nuestro aspecto, era el de La pandilla basura. Eso sí, al menos le di uso al caro traje que me compré para la boda de mi hermana, y que el cabrón del jefe siempre decía que me quedaba estupendamente, solo porque una vez comenté que me gustaba vestir bien, era un vendedor-de-mierda se le mirara por donde se le mirara. Los integrantes de La pandilla basura desayunábamos en la misma cafetería que la gente de Random House Mondadori (por aquel entonces) y yo me avergonzaba de mí mismo. Las dos editoriales compartían edificio, y si ya me jodía ser el apéndice del cuerpo de una, comprobar que, mientras un compañero veinte años mayor que yo me pedía dinero para el café dentro de un traje enorme y con olor a humedad, existía otra realidad al lado, donde dos chicas que tendrían más o menos mi edad reían y era bello porque ellas trabajaban en Random, se me hacía insoportable. Mi madre, tras treinta años de comprar libros cada dos meses, decidió que se acababa, que no quería recibir más revistas, que ya estaba bien, hombre. Por supuesto, yo no trabajaba ya en Círculo de Lectores, duré diez días y me fui.