5.14.2016

Inédito

Los monstruos no acudieron a mi infancia,
no noté sus pezuñas en mis hombros
para quitarme el miedo de la noche
que no es oscuro sino solitario.
Un gruñido me habría hecho valiente,
el saber que ojos vivos me miraban.

Era la nada y me obligó a inventarlos,
a introducirlos en mi propia vulva
raquídea y notar su crecimiento.
Y como un bosque aprende de su tierra
aprehendieron ellos mis temores,
se alimentaron sin quedar saciados.

Así, los de debajo de la cama
subieron a dormir en mi almohada
quitándome los sueños con su aliento,
y los de los armarios, ni esconderse,
se visten con mi ropa y mis zapatos
para mostrarme en qué me he convertido:

el hombre más cobarde de mi casa,
cazador que se pone trampas así mismo.

FJNL